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Escribe: Mónica Uriel. Periodista

El primer lugar de Europa donde se tomó chocolate líquido fue Zaragoza, en concreto en el Monasterio de Piedra. Gracias a un monje císter, Fray Jerónimo de Aguilar, que había acompañado a Hernán Cortés en su viaje mexicano. Envió algunas semillas de cacao y la receta para cocinarlos al abad del monasterio.

Era el año 1534 y fue todo un éxito, tanto que los monasterios cistercienses comenzaron a partir de entonces a elaborar chocolate. De esta forma arranca la larga tradición chocolatera de Aragón, donde, además de visitar el museo del chocolate que alberga el Monasterio de Piedra y que también conserva su cocina, se pueden recorrer pastelerías y confiterías por Zaragoza que ofrecen originales y variados productos con chocolate.

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La historia del chocolate, un viaje en la cultura

El Chocotour, de dos horas de duración y que organiza Turismo de Zaragoza, comienza en la Lonja de Mercaderes. Fue inaugurada siete años después de que se tomase el primer chocolate líquido. Pasando por la chocolatería tradicional La Fama, en pleno casco antiguo, se llega al museo Pablo Gargallo.

Ahí, además de conocer la historia del chocolate en la América Precolombina, se degustan las ‘delicias Gargallo’. Están elaboradas por pasteleros de la ciudad inspiradas en la obra del artista.

En la siguiente parada, está la chocolatería Valor. Se conoce el instrumental, la chocolatera y la mancerina, esta última inventada por el virrey de Perú. Aquí se saborea chocolate a la taza.

Se llega así a la pastelería más antigua de Zaragoza, Fantoba. Abrió sus puertas en 1856 y  es la única que hace a mano las frutas de Aragón cubiertas de chocolate. También elaboran guindas al marasquino, cerezas confitadas bañadas en licor marasquino y chocolate.

En la pastelería Los Mallorquines se aprende cómo se hace el chocolate -se necesita moverlo mucho-. Desde que se coge el cacao de la planta, han recuperado los sabores mudéjares aragoneses y elaboran los ‘mudejaricos’. Un bizcocho borracho bañado en licor al que por encima se coloca una chocolatina.

 

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Chocolate, diversión y nutrición

Chocolates Capricho es la última parada del tour. Aquí el visitante presencia cómo Luis Paracuellos, maestro chocolatero, hace piruletas de chocolate. Las elabora con una especie de cucurucho de papel a las que se añaden toppings particulares de la tierra. Como son las escamas de sal del Ebro o las gominolas de borraja. Producto autóctono de Aragón.

El chocolate, se nos recuerda en la visita, es un alimento muy nutritivo, rico en vitaminas y minerales. Regula el colesterol y el latido del corazón, y algo importante, el negro es el que menos engorda, pues lleva menos azúcar.

Muy cerca de esta chocolatería se encuentra El Tubo. Comenzó a ser frecuentado por militares por sus bocadillos de calamares y tortillas de patatas.

Ahora está convertida en una zona de tapas muy visitada en la que se pueden degustar elaboraciones autóctonas. Como las madejas, a base de casquería.

Desde El Tubo se accede al recientemente inaugurado mercado gastronómico Puerta Cinegia. Un espacio con varios locales con diferentes cartas de comida para elegir.

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Historia cultural y arquitectónica de Zaragoza

Además de las dos catedrales que tiene Zaragoza, el Pilar y la Seo, es muy recomendable la visita al Palacio de la Aljaferia. Construido en el siglo XI, es el que mejor cuenta la historia de la ciudad reflejando el esplendor del reino Taifa.

Residencia de los Reyes Católicos, prisión en el siglo XVI y cuartel militar desde el siglo XVIII hasta los años 70. Alberga actualmente el parlamento de Aragón y es patrimonio de la humanidad por su arte mudéjar.

Menos conocida es la cartuja Aula Dei, situada a 20 kilómetros del centro, del siglo XVI. Una de las cartujas más grandes del mundo. Albergó a monjes hasta 2011 y en la que se pueden contemplar unos frescos de Francisco de Goya que plasman el preludio de su madurez artística.

La cartuja, a la que se llega entre huertos, está rodeada de una muralla que corta el mundo y ruido exteriores a los cartujos. Todo ello para que pudieran llevar su vida de recogimiento como exige una de las órdenes católicas más exigentes.

A diferencia de los monasterios, las celdas de los cartujos son muy grandes, de 100 metros cuadrados. Esta cartuja tiene 36 celdas, lo que la convierte en una de las más grandes del mundo pues se mide por número de celdas. Los cartujos tenían otra cartuja en los Monegros. Pero por su clima duro decidieron construir esta otra.

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Goya y la cartuja

Aquí llegó Goya, procedente de Italia, a través de su cuñado, que era cartujo. Joven y todavía desconocido. Pintó en la cartuja la vida más callada y oculta de María como paralelismo de la existencia silenciosa de los cartujos. No se supo que los frescos eran de Goya hasta que fueron descubiertos los cuadernos italianos del pintor. Allí se encontraron los bocetos en los que había estas pinturas, y gracias a que en uno de los frescos aparece su autorretrato.

En total pintó once frescos sobre pared, de los que siete se muestran hoy restaurados. Para las labores de restauración tuvieron que pedir un permiso especial a los cartujos a fin de que se permitiera el acceso de mujeres. Cuando vivían aquí los monjes, los visitantes entraban por un túnel que conducía directamente a la iglesia para ver los frescos.

En la tienda de la cartuja se vende licor francés Chartreuse, procedente del monasterio cartujo de la Grande Chartreuse, cuya receta sigue siendo un secreto y solo la conocen dos monjes que la transmiten de generación en generación.

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